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ISSN 1989-4163

NUMERO 23 - MAYO 2011

 

Una Ventana al Pasado

Lalo Borja

En ocasión encuentro fotografías antiguas mientras deambulo entre ventorrillos del centro, en alguna vieja librería o una venta de cajón donde se pelean por espacio cuchillos romos, muñecas desvencijadas o porcelanas que ambicionan ser tenidas en cuenta como antigüedades.

De estas erráticas andanzas han salido dos efímeros trofeos: una excelente colección de fotografías familiares de entreguerras, a juzgar por las bombachas de playa que se usaban en los años treintas y una melancólica fotografía de la reina madre, tomada en 1953 por una ya olvidada fotógrafa inglesa, quien fuera en su tiempo parte del decorado de fiestas y cocteles de la alta burguesía, antes de la llegada de la revolución de las melenas largas.

Admirar el pasado anónimo con el beneficio de inventario que ofrece el transcurso del tiempo se me antoja una diversión que no conduce a ningún sitio y sin embargo me siento atraído por el misterio que evoca tener a mano los fantasmas de una época cuyo espíritu desconozco por completo.

Es aquí donde el voyeur que vive agazapado en mí sale a flote y se deleita mirando por entre las rejillas de una ventana entreabierta lo que ha sucedido en otras vidas, lo que otros ojos han visto.
Lo anterior adquiere un alto tono de interés cuando las imágenes parecen haber sido tratadas, mimadas sería una expresión más adecuada, con la delicadeza requerida de exquisitas y finas miniaturas, que en este caso lo son.

Hace unos meses me llegaron, por intermedio de una amiga del pueblo, medio centenar de diapositivas de vidrio halladas en alguna venta de jardín cuya misteriosa trayectoria visual me ha llevado a visitar las cataratas del Niágara, los canales de Venecia, alguna que otra capital europea, calles, plazas y espacios generosos de valles y montañas; a más de amplias avenidas de aquellas que por lógica tendemos a asociar con ciertas ciudades de Estados Unidos.
Muchas de ellas han sido tinturadas, iluminadas por suave pincel, para brindarles tonos de colorido sutil, técnica muy en boga antes de la popularización de las emulsiones en color.

Las placas de vidrio, algunas carcomidas por la descomposición química en la emulsión fotográfica, tienen ese aire que hace imposible ubicarlas con exactitud; es decir, están imbuidas del misterioso espíritu de los sueños. Muchas de estas imágenes están corroídas por la intangible tenacidad que horada la vida de objetos y seres por igual.
Algunas de ellas se prestan a ser examinadas como si mirásemos una pared antigua pintada de colores por la caprichosa brocha del tiempo y que, al adentrarnos en la minucia del detalle, nos dejamos seducir por la idea de que otros seres humanos se han reflejado en ellas tal como nosotros lo hacemos este instante.

Mientras más las miro más quisiera saber de ellas; misión a todas luces imposible. Veo lo que hay, lo que la vista del fotógrafo me ofrece desde ultratumba, su visión aún abierta al escrutinio y lo que mi imaginación me permite elucubrar con respecto de la acritud de la plata y sus derivados fotográficos.

No puedo ir más allá del borde que contiene su esencia, aquello que su límite interior me permite admirar. El resto lo tiene que suplir el deseo de ver y percibir lo que mi mente quisiera recrear.

Las vistas en mención, aquellas que me ofrecen la posibilidad de entretenerme especulando, son simples imágenes hechas importantes por el paso del tiempo. Por ser testimonio de algo que pertenece para siempre al pasado pero que sabemos que alguna vez fue verdadero.

 
 

 

 


 

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